No hay experiencia en Colombia comparable a caminar por el tiempo en el barrio de La Candelaria, en Bogotá. Hacia el norte, el sur, el oriente o el occidente, usted se encuentra de frente con la historia. Cada piedra cuenta una historia del pasado. En un radio de apenas 1,5 a 2,5 kilómetros hay más historia concentrada que en el resto del país.
Caminar es la única manera de vivir La Candelaria
La Candelaria, el centro histórico de Bogotá, guarda entre sus carreras y calles coloniales los ecos de los conquistadores españoles y de los próceres de la independencia, mezclados con la fachada corriente de la vida moderna. Al recorrer estos caminos usted pisa literalmente donde alguna vez anduvo Simón Bolívar, donde traqueteaban los carruajes del virreinato, y donde se cruzaron los primeros susurros de la independencia en patios coloniales a media voz.
La Calle del Embudo, donde el empedrado, las fachadas pintadas, y los murales comparten un mismo callejón.
Las piedras mismas bajo sus pies fueron puestas por manos indígenas en el siglo XVI, y cada una cuenta una historia de dominio colonial y de rebeldía. El ritmo de sus pasos coincide con el de siglos de caminantes, desde los nobles españoles con sus galas hasta los artistas de hoy, que han convertido el barrio en un lienzo de expresión cultural.
Los detalles arquitectónicos que solo ve quien camina
Caminar revela las capas de historia en cada fachada, desde las austeras construcciones coloniales españolas hasta los edificios exuberantes de la época republicana. Usted puede recorrer con los dedos muros donde el tiempo dejó su pátina, o detenerse a mirar portones que alguna vez recibieron por igual a virreyes y a revolucionarios.
Es también el único ritmo al que se alcanzan a ver las cosas pequeñas: portadas barrocas, balcones de madera cubiertos de buganvilias o de enredaderas en flor, y aldabas labradas en forma de cabeza de león. Puede detenerse a ver cómo los aleros de madera se encuentran con los muros encalados, o cómo siglos de intemperie han esculpido las fachadas de piedra en formas que solo el tiempo sabe tallar.
Encuentros espontáneos en la calle
La esencia de La Candelaria vive en sus momentos no planeados: una conversación con un anciano que recuerda cuando Gabriel García Márquez frecuentaba los cafés del barrio, o el hallazgo de un artesano trabajando con técnicas heredadas de generación en generación.
A pie es mucho más probable que se tope con una función callejera improvisada, que le llegue el aroma de un buen ajiaco desde un restaurante tradicional, o que encuentre un café diminuto donde sirven café cultivado en el país. Cada imagen y cada respiro suman a la experiencia, y todo eso se pierde para quien pasa de afán en un vehículo.
El arte de perderse
En estas calles, perderse significa aparecer justo donde la historia susurra más fuerte. Un callejón angosto puede llevarlo a una casa colonial donde se tramaron conspiraciones independentistas, o a una plazoleta tranquila donde los fantasmas de los frailes españoles parecen demorarse a la sombra de iglesias centenarias.
Algunos de los hallazgos más gratificantes de La Candelaria vienen de perder el rumbo a propósito. Un giro equivocado puede abrirse a un patio escondido con un taller artesanal, o a una placita donde los vecinos mayores juegan ajedrez bajo la sombra de árboles antiguos.
Cómo cambia el barrio a lo largo del día
La Plaza de Bolívar, con las columnas del Capitolio Nacional a un costado y la bandera de Colombia encima.
El amanecer llega a La Candelaria casi como llegaba hace siglos: primero toca las torres de la Catedral Primada y luego baja a iluminar calles donde los desayunaderos de origen colonial sirven chocolate completo igual que en el siglo XVIII. Al caer la tarde, las farolas de gas, hoy eléctricas pero fieles a su encanto histórico, proyectan las mismas sombras misteriosas que alguna vez encubrieron reuniones revolucionarias.
Caminar le permite sentir cómo se transforma el barrio a lo largo del día: las horas quietas de la mañana, cuando los tenderos organizan sus vitrinas, y luego la tarde bulliciosa, cuando los estudiantes de las universidades vecinas llenan las calles.
Altitud y clima: qué esperar en el camino
El aire delgado a 2.640 metros recuerda que usted camina el mismo terreno exigente que encontraron los conquistadores españoles al fundar esta capital de montaña. Cada paso a esta altura pide respeto, como se lo pidió a los primeros colonos europeos y, mucho antes, al pueblo muisca.
El clima legendario de Bogotá, “cuatro estaciones en un solo día” como dicen aquí, tampoco ha cambiado desde la época colonial. Quien camina hoy enfrenta los mismos aguaceros repentinos de la tarde que alguna vez mandaron a los nobles españoles a resguardarse bajo los balcones labrados. Aquí valen más las capas de ropa y un impermeable liviano que una sombrilla.
Más allá de la ruta turística
Caminar es la manera de entender cómo La Candelaria pasó de ser un puesto colonial español al corazón mismo de la independencia colombiana y andina. Cada calle guarda su propia historia, desde la Casa del Florero, donde un florero roto encendió una revolución, hasta las humildes chicherías donde se reunían los patriotas.
El alma de La Candelaria está en su continuidad histórica: en cómo la arquitectura colonial enmarca la vida moderna, en cómo las iglesias centenarias siguen marcando las horas con sus campanas, y en cómo los artesanos tradicionales trabajan en los mismos espacios donde sus antecesores fabricaban objetos para los colonos españoles. Estas historias se revelan solo a quien las recorre a pie, dejando que el tejido histórico del barrio se despliegue paso a paso.
Cada caminata por La Candelaria es un viaje por el espacio y por el tiempo, donde los pasos del presente hacen eco de los del pasado y donde cada esquina guarda otro capítulo de la historia de Bogotá. No es simplemente un paseo por un barrio histórico; es un recorrido por las páginas mismas de Colombia.
Recorrerlo por su cuenta, o con un guía
Recorrer La Candelaria por su cuenta es perfectamente posible, pero exige bastante investigación para armar el relato histórico completo. Incluso con buena preparación es probable que se le escapen rincones interesantes, y el tiempo casi nunca alcanza para volver a los que quedaron pendientes. Una caminata guiada por el centro histórico hace ese trabajo por usted y lo deja libre para mirar en lugar de orientarse.
El centro histórico está además en el centro de todo lo demás que vale la pena en la capital. Si planea una estadía más larga, nuestro itinerario de tres días en Bogotá ubica La Candelaria junto al ascenso a Monserrate y las calles coloniales de Usaquén, y a las dos excursiones al altiplano que mejor acompañan la ciudad: la Catedral de Sal de Zipaquirá, que es una excelente excursión de un día desde Bogotá, y Villa de Leyva, en Boyacá, el pueblo donde el tiempo parece haberse detenido.
Escrito por
Mano Chandra Dhas ›Fundador de Coromandel Tours. En los viajes desde 1975, de Singapore Airlines a Emirates y Carlson Wagonlit, hoy cura viajes privados por Colombia, Perú, India y Nepal desde su casa en Bogotá. Muchas de las fotografías de este sitio son suyas.